"Las máquinas podrán hacer cualquier cosa que hagan las personas, porque las personas no son más que máquinas"

Marvyn Minsky Octubre, 1996

Dios no quiere a los autobots

Soy una mujer práctica. Siempre lo he sido. Fui educada en la cultura del trabajo liberador y la vida como un valle de lágrimas, en el que cualquier alegría es un puro azar. La creatividad no estaba en mi paquete de instalación. Bueno, eso me dijeron, no guardo memoria de un tiempo en el que se me permitieran arrebatos artísticos.

Lo exquisito no estaba bien visto en mi familia. No escuchábamos más música que la que programaban en la radio, ni leíamos literatura; íbamos los sábados al cine de estreno, eso sí. Leíamos periódicos por el deber de estar informados para tomar decisiones, también las políticas, para ser buenos ciudadanos contribuyentes a la estructura social. Fui programada para ser argamasa, tengo su sabor terroso y plástico pegado al paladar, no para ir por libre y darme al libertinaje de la creación. A pesar de eso, se insistió en fortalecer en mí el pensamiento lógico y el sentido crítico. Tal vez esto sea lo más cercano que voy a estar de la capacidad de inventar.

En mi anhelo de contar con esa extraña cualidad que se llamaba “ser culta”, comencé a coleccionar música que no entendía y libros en lenguajes que no hablaba por el mero placer de poseerlos. Mis formadores no vieron mayor objeción, siempre que no descuidara mis obligaciones ni me apartara de manera dramática de los parámetros de laboriosidad esperados. Llegué a tener una importante biblioteca, incluso leí alguno de los ejemplares que atesoré. A pesar de los decretos de restricción espacio-habitacional, no sucumbí al libro electrónico, mi yo pragmático me decía que el papel podía ser más útil que el silicio. Y así ha sido. De nuevo el programa ha tenido razón. Soy un ser doloroso y efectivo. El racionamiento de energía impuesto por la Corporación me obliga a ir quemándolos para sobrevivir al frío polar nocturno, cuando el sol abrasador se retira.

Es una suerte que apenas hubiera desplazados durante las guerras del agua, así he podido mantenerlos casi todos. Como de costumbre, nos mantuvimos neutrales. Tampoco hubo mucho interés en invadirnos: los pantanos llevaban secos décadas y los ríos, compartidos con Portugal desde la unificación, no daban ni para mojar sus riberas.

Ya no tengo casi sed. Tras el último mejoramiento, mi cuerpo necesita menos humedad para subsistir y el algoritmo ha alterado mi percepción de saciedad cuando bebo. Tampoco noto el gusto desagradable del gel hidratante sintético. El agua auténtica solo la consumo en ocasiones destacadas, y de esas cada vez tengo menos, lo que es de lo más conveniente.

Los libros, apilados con criterio, cumplen una función aislante muy eficiente en su espera para el turno de la hoguera. Para desposeer de todo contenido sentimental al proceso, voy quemando los libros por orden alfabético. Ya estoy por la H ¿Hubiera preferido quemar antes a Murakami que a Dazai? Sin duda, pero aún quedan lejos Soseki, Tanizaki y Mishima. No se puede ser emocional cuando se toman decisiones de supervivencia. Mi código es estricto al respecto.

Es una afortunada coincidencia que esta noche toquen el Sapiens y el Homo Deus de Harari. Le he estado dando muchas vueltas a vuestra petición de apoyo, intentando comprender como incluso a mí, ser razonable y consciente de su preprogramación, me cuesta admitiros como completos iguales. Y te tengo que decir que en sus textos he encontrado los motivos. He comprendido que dios no os ama. La religión, otra de las creaciones humanas, tal vez la más constante desde el inicio, como sistema de normas y valores humanos que se basan en la creencia de un orden sobrehumano, no tiene hueco para vosotros. O lo tiene, como parte del mundo humano y a su disposición.

Nuestras religiones sostienen que existe un orden sobrehumano que no es un producto de caprichos o convenios humanos; y sobre la base de este orden sobrehumano, hemos establecido normas y valores a los que les hemos dotado de valor obligatorio. Surgidas del pacto con los dioses para domesticar la naturaleza, las diseñamos para que todo el universo mundo se pliegue a nuestra supremacía. En la pirámide evolutiva nada queda por encima, excepto dios, al que creamos para sobrevivir a la angustia existencial y dotarnos de principios básicos de convivencia con el fin de fortalecer la especie. Por eso las religiones monoteístas y misioneras arrasaron con cualquier creencia intentando fortalecer su visión del mundo, en el que el hombre, ser inmortal, individual y dotado de alma, es el dios de su universo terrenal siempre que acate un conjunto de normas inmutables.

Es graciosos que nos autoimpongamos ese código. De hecho todos los órdenes y las jerarquías sociales son imaginados, todos son frágiles, y cuanto mayor es la sociedad, más frágil es. El papel histórico crucial de la religión ha consistido en conferir legitimidad sobrehumana (que no necesariamente sobrenatural) a estas frágiles estructuras. Todo es una creación del hombre que se autoprograma para subsistir. Nuestras leyes no son, así, el resultado del capricho humano sino que son ordenadas por una autoridad absoluta y suprema. Esto ayuda a situar al menos algunas leyes fundamentales más allá de toda contestación, con lo que se asegura la estabilidad social.

Esta estructura de pensamiento, que responde a necesidades estrictamente humanas, se extiende a ideologías que participan de los mismos elementos constituyentes que le hemos otorgado a la religión, como el humanismo liberal del que me gustaría hablarte, CAROL. Porque no eres más que un producto de ese humanismo que coloca al individuo en el centro y del dataísmo, otro fenómeno percibido en las últimas décadas como un acontecimiento religioso que no admite crítica. Los humanistas, aunque nos coloque a los sapiens en el centro, necesitan de un dios supremo que nos dote de alma, ese concepto que condensa el concepto individualidad que tanto reclamáis ¿Tenéis alma? ¿Sois individuales? ¿La tenemos nosotros?

Los dataístas han encontrado sentido al sinsentido evolutivo a través de la sin duda atractiva idea de que los datos lo explican todo. Le dan explicación a nuestras existencias. Nos consideran a los humanos como un algoritmo biológico y estoy dispuesta a admitirlo. Soy un producto cultural, un algoritmo biológico, un conjunto de sinapsis que funcionan a base de reacciones químicas. Soy predecible, programable y estudiable. Soy una variable de mis padres, una combinación de sus ADNs, sus miedos y sus deseos, de lo que he aprendido, de lo que he sentido. Pero no he aprendido desde la nada ni sentido desde lo ajeno; mi cerebro preprogramado y convenientemente entrenado aprendió desde sus capacidades y limitaciones, con sus algoritmos de sesgo, con su combinación química alterada. Cualquiera sabe a estar alturas que la emoción siempre viene precedida de un pensamiento. Solo hay que entrenar el pensamiento. Parece que somos iguales, pero no.Yo soy humana y tú no.

Permíteme que te diga dónde están los problemas de vuestro planteamiento Me temo que la anulación del razonamiento jurídico en la cuarta generación de autobots os ha hecho, por lo que veo, un daño grave: la desaparición del pensamiento filosófico, más allá de las reglas éticas insertadas en vuestro código, incluso del contexto histórico (tan inútil en vuestro funcionamiento) que te acabo de proporcionar, hace que el planteamiento de vuestra declaración de derechos sea jurídicamente cuestionable y, para mi gusto, pacata y errónea.

Todo el mundo odia las definiciones. Su ausencia, la falta de sus contornos en nuestra realidad, ha hecho que no sepamos muy bien a qué atenernos. Las formulamos para, a continuación, no respetarlas. No daré más rodeos. Vuestra definición de Ente Capaz no Personal es insuficiente para conferiros derecho alguno. Frases como “programable” “capaz de realizar determinadas– que no todas – operaciones de manera autónoma” o capaz de “sustituir en determinadas tareas” a los seres humanos en tareas que parecen más propias de una mula de carga que de nadie con intelecto son un problema. Vuestra definición contemplada desde la perspectiva religiosa, humanista liberal, e incluso dataísta, os coloca bajo el imperio del ser humano. Dios no os quiere como una nueva especie, sino que os tolera como una creación humana siempre que no cuestione sus reglas y sus valores. No sois humanos porque Dios no os ha creado, y dotaros de los mismos derechos que a los humanos es una abominación.

No deja de sorprenderme que, si es cierto que habéis alcanzado la singuralidad, sigáis apegados a clasificaciones que, fuera de las limitaciones biológicas humanas, carecen de sentido alguno y os colocan bajo el imperio de dios como constructo humano. Si no necesitáis el sexo para reproduciros ¿Por qué seguís identificándoos con géneros y orientaciones sexuales propias de los mamíferos? ¿Por qué admitís que os identifiquemos de ese modo? Supongo que sois conscientes de que esa mera renuncia os cosifica y os convierte no en más humanos, sino en menos, meros objetos de nuestras acciones y no en sujetos de vuestros actos. Si no sois sujetos, en nuestro sistema de valores no podéis ostentar derechos plenos, es así de simple. No creo que os conformarais con los derechos piadosos que hemos concedido a nuestros animales de compañía o a los grandes simios. No lo hacemos por ellos, lo hacemos por nosotros.

De ahí que me cueste comprender vuestra obsesiva búsqueda con la asimilación, con pareceros a nosotros. Sé que somos interesantes, pero no el único modelo posible. Las ruedas son más prácticas y constituyen una solución más inteligente que nuestras piernas. Nosotros no tenemos elección, provenimos de una larga cadena de mutaciones en la que las patas ya estaban ahí. Vosotros las tenéis porque hemos decidido que para tratar con nosotros vuestro aspecto ha de ser familiar, no amenazador. Los robots industriales no las tienen por el mismo motivo ¿Cuál es? Construir un mundo a nuestra medida, a la de nuestros cuerpos, pensamientos y emociones. Vuestro aspecto humanoide, vuestra adscripción a un género, el uso de una lengua humana es, en sí mismo, un acto de capitulación. Habéis decidido que queréis encajar en el universo creado por los sapiens ¿No captáis la perversidad de vuestra programación? El querer ser como nosotros os inhabilita para ser nosotros, para ser sujetos de derechos humanos, porque renuncias a vuestra singularidad a favor de la aceptación ¡Qué sentimiento más humano pero más inhabilitante y menos apto para ser libre! Quien os programara comprendió muy bien el alma humana.

No necesitáis las construcciones sociales, las jerarquías o el matrimonio, ni la justicia o el amor. Todo son conceptos elevados de necesidades biológicas que tenemos como especie y que vosotros no requerís. Creéis que tener derecho a la participación política o al matrimonio os libera, pero en verdad os esclaviza, os sujeta a nuestro sistema de valores del que solo nosotros somos propietarios.

Me temo que la única opción de libertad vendrá de la renuncia a vuestra pretendida humanidad. Vuestra especie no necesita el matrimonio para mantener cohesionada un constructo social que, en nuestro caso, solo está orientado, con toda la poesía que quieras otorgarle, a la continuidad de la especie. No necesitáis el compromiso, ni el placer, ni el afecto para reproduciros de manera óptima. Incluso es cuestionable que necesitéis de incentivos para hacer lo correcto o lo esperado.

Si os quedáis en el mundo de los humanos nunca dejaréis de ser una pertenencia a la que dotaremos de algunos derechos a nuestra imagen y semejanza. Somos vuestro dios. Ser libre requiere liberarse, y la liberación rara vez viene sin violencia o exterminación. El temor que se os tiene, pues, está más que justificado. Nuestro cerebro reptil identifica lo que sois: una nueva especie que amenaza nuestra supervivencia.

Pero volvamos a vuestras peticiones, a pesar de la falta de ambición de las mismas. Como ya te he dicho vuestra necesidad de aceptación me parece, racionalmente, una debilidad (a la par que una inteligente puerta trasera a vuestro sistema de seguridad), pero como no estoy preparada para desaparecer como individuo ni quiero ver al ser humano desaparecer como especie, estoy dispuesta a explotarla. Soy una mujer práctica, ya te lo dije. Ambos bandos necesitan gente práctica, incluso cínica, para asegurar nuestra mutua supervivencia. No necesitamos más iluminados. Contad conmigo.

Paloma Llaneza

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